Las señoritas de Avignon 1
Obras de Picasso

Las señoritas de Avignon

Una obra “transgresora”

Si en la historia del arte de los últimos siglos  hay alguna obra que podamos etiquetarla como “rompedora”, “revolucionaria”, “trasgresora”, esa es   Las señoritas de Avignon (o de Aviñón, o Avinyó), de Picasso, pintada en 1907. No cabe duda de que esta obra marca un antes y un después, en el hacer  del propio pintor.

Toda obra artística es hija de su tiempo, por eso, para entender mejor  Las señoritas de Avignon conviene tener presente el ambiente cultural de su época. Cuatro  años antes de que fuera pintada, esto es, en 1903, se celebró por primera vez  el “Salón de Otoño” parisino, exposición anual que   pretendía ofrecer oportunidades a los jóvenes artistas, al tiempo que  protestar contra el academicismo sofocante de la época (en muchos aspectos compartía presupuestos artísticos con el Salón de los Independientes).  Cézanne había muerto  el 22 de octubre de 1906 y el “Salón de Otoño” de 1907 honró su memoria con una exposición retrospectiva.

A  finales de 1906, momento en el que Picasso empieza a realizar  los primeros estudios para Las señoritas de Avignon, el artista  tenía 25 años y era bien valorado,  tanto por sus compañeros como por la crítica. Por otro lado, galeristas como Vollard o Sagot lograban vender sus obras con cierta facilidad. En esas fechas, el interés por las estampas japonesas y las culturas de los pueblos primitivos era creciente. Gauguin estaba siendo  revalorizado y se había producido el reconocimiento  de las  pinturas rupestres de las cuevas de Altamira (hasta el  descubrimiento, a partir de 1895,  de grabados y pinturas en las cuevas francesas de La Mouthe,​ Combarelles y Font-de-Gaume, sus pinturas no fueron consideradas auténticas, de modo que hasta 1902, no  tuvo un reconocimiento oficial por parte de los expertos). Había también, entre los artistas, curiosidad e interés por los objetos realizados por los salvajes africanos,  llegados a Europa a través de misioneros y exploradores. Vlaminck y Derain habían adquirido máscaras africanas, y el propio Matisse compartía el interés por las esculturas primitivas.  

El Museo de escultura histórica del Trocadero en París

Mientras pintaba Las señoritas de Avignon, Picasso visitó el Museo de escultura histórica del Trocadero y, de manera más o menos casual, al visitar el departamento etnográfico, descubrió una colección de esculturas negras amontonadas en vitrinas. Años después, Picasso recordaría la emoción que le embargó al descubrirlas. Hasta tal punto quedó cautivo de las mismas que le influyen en la obra que está pintando (Las señoritas de Avignon) y le lleva a esculpir una talla de madera (Figura inacabada, Museo Picasso). De hecho, esta visión abre la puerta a una nueva forma de entender e interpretar el arte,  y se refleja claramente en  las dos figuras de la parte derecha del lienzo. Es en ellas donde Picasso rompe con los cánones clásicos de la belleza, e, incluso, con el resto de la obra, creando un conflicto visual entre ambas facciones que, en realidad, nunca llego a solucionar, pues la obra se mantiene inacabada.

Aún sin concluir,  permitió que algunos amigos, galeristas y conocidos, viesen  el cuadro. Las críticas fueron unánimes.  Leo Stein y Matisse desaprobaron enérgicamente la pintura,  mostrándose indignados. Matisse llegó a declarar que el cuadro era un ultraje,  un intento de ridiculizar el movimiento moderno del arte.  El coleccionista ruso, Shchukine, exclamó:  «Qué pérdida para el arte francés». Georges Braque, en aquellos momentos gran  amigo de Picasso,  comento: “Es como si tuviéramos que cambiar nuestra dieta de siempre por otra de Estopa y petróleo”. Incluso el poeta Apollinaire que, en 1905 había escrito en Lettres Modernes un elogioso comentario sobre Picasso, aludiendo a su innegable talento, se mostró consternado ante el giro que en aquellos momentos tomaba el arte de Picasso. Más tarde, cuando las derivas artísticas nacidas de esta obra, confluyeron en  el cubismo, Apollinaire, aludiendo a Las señoritas de Avignon, escribió en su obra Los pintores cubistas: «jamás existió espectáculo tan fantástico como la metamorfosis que experimentó  para convertirse en un artista del segundo tipo». El poeta aludía a los artistas que vivían aislados y «deben extraer todo de su interior».

La composición de Las señoritas de Avignon

No es de extrañar que Las señoritas de Avignon descolocaran por completo a los contemporáneos de Picasso, incluidos los artistas más vanguardistas del momento.  La obra, considerada la precursora del cubismo, muestra a cinco mujeres desnudas, que miran fijamente al espectador, sobre un fondo descompuesto en diferentes planos (cortinajes). Las tres mujeres de la  izquierda observan al espectador con  sus  grandes ojos almendrados, ofreciéndonos sus estilizados cuerpos. En realidad, lo que representa la obra no es otra cosa que un burdel,  un grupo de prostitutas que se ofrecen al visitante. Estilísticamente, la obra encuentra  la inspiración tanto en Cézanne como en el arte egipcio e íbero.

Sin embargo, las dos mujeres de la derecha rompen totalmente con todo lo pintado hasta entonces. Su rasgos faciales están prácticamente deformados en una combinación de formas geométricas. Las narices se han convertido en algo totalmente primitivo que recuerdan a los tótem y las máscaras tribales del África negra.  Los ojos de una de las mujeres ya no son sino manchas colocadas en planos diferentes,  y los senos de otra  se han convertido en formas geométricas planas con diferentes gradaciones tonales. Si en las tres figuras de la izquierda aún pueden apreciarse algunos restos de rasgos naturalistas, en las de la derecha, todo rastro de naturalismo, de armonía facial, ha desaparecido. La belleza formal ha sido pisoteada,  quedando reducidas las figuras a una masa extraña, deforme, que asalta al espectador golpeándole brutalmente en el rostro. Ya hemos señalado  que representaba  a un burdel situado en el número 44 de la calle Avignon (o Avinyó) de Barcelona, pero, resulta evidente que el aspecto subversivo de la obra no cabe encontrarlo en el hecho de que Picasso pintase un burdel, pues artistas como Toulouse Lautrec, ya  habían pintado antes prostíbulos y prostitutas de una forma muy cruda.

Le  Bateau-Lavoir, “laboratorio” del cubismo

Pero volvamos a finales de 1906. En este año,  Picasso se aisló en su estudio de Le Bateau-Lavoir, prohibiendo, durante meses,  la entrada a su lugar de trabajo.  Le Bateau-Lavoir era un caserón de madera situado en la plaza Emile Goudeau del barrio de Montmartre (distrito 18 de París). En lo que en otros tiempos fuera una fábrica de pianos,  estaban ubicados diversos estudios improvisados, ocupados por escritores y artistas bohemios (Apollinaire, Max Jacob, Mac Orlan, Modigliani, Van Dongen, Juan Gris…). Este verdadero crisol del arte contemporáneo, fue llamado por Max Jacob  el “laboratorio central de la pintura”.

Allí fue donde Picasso se enfrascó en una búsqueda formal que terminó, en 1907,  por revolucionar la pintura con la obra,  Les Demoiselles d’Avignon. Sin duda, el artista malagueño guardó muy buenos recuerdos de esta residencia y lugar de reunión de numerosos pintores y escritores, pues, años más tarde escribió:

 “Sé que volveremos al Bateau-Lavoir. Es allá dónde fuimos verdaderamente felices, fuimos considerados como pintores y no como bestias extrañas”.

Sin embargo, no hay que engañarse, el edificio constaba de tres pisos y, como dijo el escritor y pintor Max Jacob, buen  amigo de Picasso:

No es para nada saludable, no hay luz, el mobiliario parece haber sido comprado en un mercado de pulgas, y solo existe un agujero lúgubre como inodoro, y un grifo de agua para todos en la planta baja”.

El taller de Picasso, en  Le  Bateau-Lavoir, era punto de encuentro de artistas y escritores y fue allí donde se gestó la pintura que revolucionaría el panorama artístico del momento. Le Bateau-Lavoir, fue destruido en 1970 a causa de  un incendio.

Los esbozos de Las señoritas de Avignon

En 1906 Picasso, que en ese momento se hace llamar Pau (traducción al  catalán de Pablo)  de Gósol (topónimo de Gósol, el pueblecito, donde aquel año vivió durante dos meses y medio), recoge en una libreta que ya se conoce como el Carnet català, dibujos  de paisajes y de gente, y  reproduce dos esculturas egipcias que sirvieron como referencia para una serie de esbozos que terminaron por culminar en Las Señoritas de Avignon, lo que nos permite entender la ascendencia del arte egipcio en algunas de las figuras del lienzo. Influencias egipcias pueden apreciarse igualmente en el rostro de perfil de la mujer del lado izquierdo.

Picasso bebe en todas las fuentes, de ahí que en una entrevista en 1923, dijera: «Para mí no hay pasado ni futuro en el arte. […] El arte de los griegos, de los egipcios, de los grandes pintores que vivieron en otros tiempos, no es un arte del pasado; quizás hoy esté más vivo que nunca».

Basándose en los esbozos bosquejados por Pablo Picasso en uno de los cuadernos preparatorios (Picasso realizó alrededor de 700 esbozos preparatorios), Mariluz Reguero, directora de la Fundación Picasso, señala que Las señoritas de Avignon comenzó «siendo una escena de bañistas, partiendo de Cézanne, y después, a través de unos grabados de Degas que vio Picasso, pasó a ser un tema de burdel». En concreto, fue a partir del tercer cuaderno preparatorio cuando Picasso dio un giro a la temática, inspirándose en la barcelonesa calle de Avinyó, cercana al domicilio de la familia Ruiz Picasso.

La búsqueda de lo esencial

Desde 1905, Picasso había prestado especial atención a los desnudos. En 1906 se autorretrata con una paleta y, en el mismo año, realiza el retrato de Gertrude Stein. En todas estas obras se aprecia una búsqueda sistemática de la estilización, de masas sólidas y reducción de las formas a lo esencial. Picasso ignora la perspectiva, y el cromatismo se reduce a gamas que apuntan a la monocromía.

Es a partir de estas obras cuando se lanza a la búsqueda frenética de un nuevo lenguaje. En los esbozos previos al cuadro, se aprecia claramente las mujeres desnudas, algunas en cuclillas (seguramente en disposición de lavarse sus partes íntimas), otra sentadas en un sillón. También una regenta (o prostituta anciana),  cubierta con ropas negras y un cliente que accede por el lado izquierdo. En la parte baja, en el centro, vemos un florero (en el cuadro final se transforma en un frutero), y detrás un plato con rodajas de sandía. La propuesta final de Picasso va más allá de la belleza formal,  la belleza sentimental, emotiva, propia de los sentidos, se adentra en un campo nuevo,  en una belleza  mental donde lo importante no se centra tanto en las formas como en las reflexiones y emociones que estas  producen.

Difusión de la obra

Está muy extendida la idea de que Las señoritas de Avignon no fueron enseñadas al público hasta el año 1916. Sin embargo, en mayo de 1910, la revista norteamericana Architectural Record reprodujo en sus páginas el cuadro de Picasso. También existen fotografías de la obra,  fechadas hacia  1908, en las que puede verse  a la hija de Van Dongen posando delante del lienzo. El dato nos indica que la obra, pese a mantenerse en el estudio de Picasso era ya conocida por un buen número de gente y que su difusión era más amplia de lo que muchos han creído hasta este momento. Ello  nos lleva a considerar el efecto que pudo tener sobre las concepciones artísticas y las vanguardias del momento.

El influjo “mágico “ de Las señoritas de avignon

Picasso siempre afirmó que a la hora de buscar referencias formales para su obra, había que buscarlas en el arte ibérico protohistórico (en el Louvre había una sección dedicada al arte ibérico, con obras descubiertas en 1903 en excavaciones en Osuna), y no tanto en las máscaras africanas. Pero lo cierto es que, a la vez que pintaba Las señoritas de Avignon, llevó a cabo otras obras en las que las máscaras y la influencia de la estatuaria negra estaba muy presente.  En todo caso,  la obra está impregnada de un  “primitivismo” que ya había sido reivindicado por los pintores  “fauves”. Pero es muy posible que el interés de Picasso por  las máscaras y el arte negro, no se limitase al aspecto formal, si no que incluyese “la magia”. Quiénes hemos visto alguna exposición de escultura y máscaras llegadas del  África negra, hemos podido constatar el influjo magnético que produce, la intensa energía de la que están cargadas estas figuras. La razón es simple, se trata de  obras relacionadas con ceremonias que tienen que ver generalmente con los espíritus y el más allá.

Las señoritas de Avignon 2
Máscara de la cultura Shira-Punu.

Las máscaras de madera,  africanas encarnaban la fuerza espiritual (“gle”) que solía presentarse en sueños a los “iniciados”. Los chamanes  tenían la misión de decidir si resultaba oportuno crear la máscara que encarnase el “gle”. Seguramente, Picasso percibió tales influencias y, de alguna manera, quiso que su obra mostrarse esa fuerza, esa radiación, esa magia que trascendía lo puramente formal, para convertir el cuadro en un objeto mágico. En realidad, desconocemos el sentido último que quiso dar Picasso a su obra.  Tal vez el cuadro fue concebido como una alegoría del placer y de la muerte, tal vez, como una sublimación de los impulsos sexuales o, incluso, como han señalado algunos críticos, como un talismán protector contra las enfermedades venéreas. Fuese como fuese, la obra rompió  con cualquier concepción artística del momento, fue  más allá de lo que la sociedad estaba dispuesta a aceptar, por eso, tal vez,  Picasso nunca la dio por terminada.

Un interesante video sobre Las señoritas de Avignon, de Picasso

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *