Picasso, Primer viaje a Horta

Picasso, Primer viaje a Horta de Sant Joan

Según Sabartés, Pablo Picasso solía decir con frecuencia: «Todo lo que sé lo aprendí en Horta». El testimonio nos parece excesivo, si bien parece cierto que Horta de Ebro (actualmente Horta de Sant Joan), municipio catalán de la provincia de Tarragona,   al abrigo de dos montañas mágicas (Santa Bárbara y el Montsagre), tuvo una importancia relevante en el arte del genio malagueño.

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Picasso visitó dos veces Horta de Sant Joan, u Horta d´Ebre, como solía llamarla, para no confundirla con el homónimo barrio barcelonés. La primera con 16 años,  en el verano de 1898 (la estancia se prolongó hasta febrero de 1899), tras regresar de Madrid (estudiaba en la Academia de Bellas Artes de San Fernando), enfermo de escarlatina. Invitado por su amigo, Manuel Pallarés, viajó en tren hasta Tortosa, y de allí, tras recorrer  unos 40 Km. a pie (con los enseres a lomos de una mula), llega a  “Can Tafetans” (Calle Grau, 11), la masía donde residía la familia de su amigo.

En una entrevista que, entre 1910-11,  hizo Apollinaire a Picasso (citada por  John Richardson: «Picasso: A Life», New York, 1991), el artista hace alusión a  su primera estancia en Horta en 1898-99 diciendo: «Por lo que se refiere a mi experiencia emocional más pura, ocurrió a la edad de dieciséis años, cuando viajé a las agrestes tierras españolas (Horta) para pintar».

Se sabe que  tras un tiempo  recorriendo el pueblo y los alrededores, dibujando y pintando paisajes y escenas campesinas, Picasso y Pallarés deciden pasar el mes de agosto en Els Ports, en una zona agreste y boscosa, a unos 16 km del pueblo. Allí ambos amigos durante el día pintan, dibujan y, sobre todo, viven de forma libre y un tanto salvaje, en contacto pleno con la naturaleza. Por la noche duermen al abrigo de una cueva (en realidad, un refugio natural de pastores). Solían cruzar el río Estrets por un paso peligroso. Un día  Picasso cayó.  No sabía nadar, y se hubiese ahogado si Pallarés no le salva.

A principios de septiembre regresaron a Horta.  

Las “memorias” de Pallarés

En sus memorias escritas ya con 90 años (“Mi vieja amistad. Memorias”, Fundació Palau de Caldes d’Estrac), recogidas por Josep Palau, Palllarés deja constancia  del periodo que pasó con Picasso. Pallarés había conocido a Picasso en la clase de Anatomía Pictórica de la Academia de Bellas Artes de Barcelona. Por las mañanas paseaban y por las tarde frecuentaban los cabarets,  «más que ninguno el Edén Concert, para tomar apuntes de las bailarinas». A su llagada a Horta d»Ebre, como nos dice Pallarés: «Pablo pronto se impresionó de todo. Unas veces le daba por pintar algún rincón o calle del pueblo, como también hacía yo, y otras veces lo hacía en el campo». Picasso aprendió a trabajar el campo, a cuidar el ganado, daba paseos, a pie o a lomos de algún animal,  incluso asistió con su amigo  a la autopsia que le practicaron a una joven y a su abuelo fulminados por un rayo, con la idea de  tomar apuntes anatómicos. Por supuesto, la visión de un  serrucho abriendo la cabeza de la chica, se convirtió en una experiencia que no fueron capaces de soportar.Pero, sobre todo, pintaban.

En cualquier caso, Picasso, en esta época, disfrutó, tal vez por primera vez, de un sentimiento de gran libertad unido a un estado de buena salud, pero no por ello, dejó de sentir una clara admiración por los grandes genios que había contemplado en al Museo del Prado. Tal es así que en una hoja de su cuaderno de dibujos, anotó: «¡Greco, Velázquez, INSPIRARME!», «QUERIDO, QUERIDO AMIGO». 

En los casi ocho meses que Picasso pasó en Horta de Sant Joan, pintó alrededor de 70 obras (entre dibujo y óleos) y dos cuadros grandes (desaparecidos) “Idilio”  (el cuadro, pintado al aire libre,  fue destruido por una tormenta en la montaña, antes de ser acabado) y “Un patio una casa de Aragón(1,98 x 2,50 metros de ancho) presentado  a La Exposición General de Bellas Artes de 1899 (Manuel Pallarés, presentó dos obras:  “Un molino aceitero en Aragón”  y “Retrato de una niña”). Cabe tener en cuenta que el permiso paterno para pasar cerca de ocho meses en Horta (desde junio de 1898 a finales de enero de 1899), lo había conseguido  a cambio de la promesa de pintar una gran obra para la exposición nacional del 1899.

La obra, tasada por el autor en 2000 pesetas,  le  valió una Mención de Honor en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1899, si bien Sabartés en sus “Retratos y recuerdos”, equivocadamente, señala que ganó también  una medalla de oro en Málaga:

«También hay allí otra tela, pintada en Horta de Ebro, a instancias de su amigo Pallares. También fue expuesta en Madrid y la premiaron con Tercera Medalla. Luego tuvo Medalla de oro en Málaga».

Efectivamente, parece ser que la obra fue enviada al Liceo de Málaga, pero allí no obtuvo ningún  reconocimiento oficial. En cualquier caso, se ha perdido la pista del cuadro y podemos suponer que el artista, como hizo con otras obras de la época, reutilizara el lienzo pintando encima.

Los cuadros pintados en Horta por Picasso

En Horta, el joven Picasso, además de descubrir e integrarse en el mundo rural, llevó a cabo numerosos dibujos (trabajadores, pastores, animales, procesiones, paisajes…). Se advierte en los mismo un conformismo naturalista de carácter académico, en la línea de Muñoz Degrain y otros pintores catalanes.

“Gitanillo desnudo, sentado”, y “Hombre desnudo de espaldas”.

Entre las obras que Picasso pinta en esta época encontramos dos de corte clásico, siguiendo las lecciones aprendidas no en la Academia, sino frente a las obras de los grades maestros del Museo, del Prado, en particular, Velázquez: “Gitanillo desnudo, sentado”, y “Hombre desnudo de espaldas”.

El modelo de ambas obras, muy posiblemente sea el gitanillo que, según el testimonio de Francoise Gilot (compañera sentimental del artista durante diez  años y madre de dos de sus hijos) “Pablo y Manuel, en compañía de un gitanillo, fueron a explorar las montañas…” (Arianna Stassinopoulos Huffington “Picasso Creador y Destructor”, Círculo de Lectores, Barcelona, 1989). Según la misma autora, Picasso mantuvo una amistad íntima con el gitanillo, dos años más joven: 

«El gitano le enseñó el significado del canto de los pájaros y el remoto movimiento de las estrellas y como establecer una alianza con la naturaleza, los animales, las plantas y lo invisible. Juntos esperaban el diario milagro del atardecer y daban largos paseos por los ásperos caminos de la montaña».

Añade después la autora:

«Mantuvieron íntimas relaciones que tuvo que cortar el gitano al darse cuenta que en el paraíso que era la vida en Horta para los dos jóvenes se interponía el mundo fuera de Horta. Y el gitano desapareció un buen día dejando a Pablo desconcertado». 

Henry Guidel, en la biografía dedicada a Picasso (“Picasso”, editorial Plaza y Janés), aporta algunos datos más, si bien sus fuentes siguen siendo la antigua amante del artista: 

“Entre él y Picasso se entabla primero una amistad ardiente, que sin duda llegó mucho más lejos. Los dos chicos sancionan su unión con un ritual que se remonta a la noche de los tiempos: el gitano, empuñando el cuchillo del que no se separa nunca, se hace un corte en la muñeca y pide a Pablo que haga lo mismo. Entonces mezclan su sangre en señal de eterna fidelidad. Pero el gitano, que comprende enseguida lo imposible de una relación profunda con un muchacho que no es de su raza, prefiera desaparecer. Una mañana, en la gruta, Pablo ya no lo encuentra a su lado… su lecho de hierbas y hojas está vacío. Se queda estupefacto. Su pena es muy grande. Regresa entonces a Horta con Pallarès”. 

Es muy posible que la acusación de Françoise Gilot no sean sino una sutil venganza de amante despechada. Según Palau (“Picasso vivo”), el supuesto  gitanillo sería, en realidad,  Salvadoret, hermano pequeño de Manuel Pallarès, que llevaba en un burro los bártulos y las vituallas (quesos…) a la cueva de los Puertos.

De vuelta a Barcelona

A  finales de enero de 1899 Picasso  vuelve  a Barcelona, pero algo en su interior ha cambiado. Abandona las clases en la Academia de Bellas Artes y comienza a frecuentar el bar-cabaret  «Els Quatre Gats». En contacto con la vanguardia catalana busca la forma de romper con el academicismo y afrontar nuevos retos.

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⭐️ Picasso en la Academia de bellas Artes San Fernando de Madrid

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